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La primera parte de "Reflejos del Alma" sigue a una mujer cuya vida ha estado marcada por la violencia, pero que, a pesar de las adversidades, Camila encuentra destellos de esperanza y un amor inesperado, pero su lucha no es sólo contra quienes la hieren física y psicológicamente; sino también es una batalla interna por encontrar su valor y voz en un mundo que constantemente intenta silenciarla. Es una historia sobre el dolor, pero también sobre la resiliencia y el encuentro inesperado con el amor.
A través de "Reflejos del Alma", Pabel Cheuquepán intenta no solo contar una historia de sufrimiento, sino también de empoderamiento, amor y superación. Es un recordatorio de que, aunque las cicatrices de la violencia pueden ser profundas, la capacidad de sanar y encontrar la luz nuevamente reside dentro de nosotros.
PRIMER Y SEGUNDO CAPITULO DE LA NOVELA:
LA MUCHACHA observaba pensativa, a través de la ventana, la vida que bullía en el exterior, había nubarrones y una suave llovizna se dejaba caer, se sintió invadida por la nostalgia y su mente se sumergió en un pasado cercano y doloroso para una joven como ella, dieciocho años recién cumplidos. Alta, espigada, piernas finas y largas, tez mate, cabello castaño claro, tirando a rubio, ojos grises, lo que le daba un aire exótico a su rostro anguloso de facciones más bien finas y delicadas, era hermosa y humilde en su interior. Su niñez y adolescencia habían sido un suplicio: un padre agresivo, que con gritos buscaba hacerse respetar, la convirtieron en una niña temerosa, tímida, atormentada, sometida, callada, obediente. Se consagró en un ser que guardaba su dolor y su tristeza tras una sonrisa que era una mascarada para ocultar su terrible desolación y soledad. Su padre se transformó, para ella, en un viento huracanado que arrasaba con todo a su paso. En su corta vida no había mucho que recordar con nostalgia y alegría. Aprendió a guardar sus lágrimas bajo un manto de sonrisas y tranquilidad aparente, sentía que era mejor así, pero había algo que no le podían prohibir: imaginar, soñar cuando estaba sola, teniendo como compañía las paredes de su casa, mudos testigos de su ilusión por vivir una realidad diferente. Sentía que la habían anulado, no podía permitirse contestar o dar opiniones y siempre que intentaba hacerlo sentía que su cuerpo no le respondía, estaba encerrada en una cárcel que ella misma se había fabricado, se asfixiaba. Estaba en una jaula y no podía hacer nada para vencer ese encierro voluntario. Cerró los ojos, visualizó a su madre, esa mujer esclava, que siempre estaba de parte del marido, tenía hermanos mellizos, hombre y mujer, tres años menores que ella, inmaduros aún, no captaban lo que sucedía en el hogar. Siendo ella la mayor, tenía la obligación de preocuparse de la casa cuando sus padres estaban fuera y de sus hermanos menores, tarea que cumplía desde los siete años y siempre lo vio como normal. ¿Qué más podría hacer? Ahora era una jovencita, sin embargo, le estaba vedado salir con amigas, acostarse tarde o ver una película fuera del horario permitido. Su decepción por no poder vivir de acuerdo a su edad la llevó a crear mundos diferentes... Pintó un universo donde los colores y los paisajes tenían magia, bosques encantados, animales extraños con los que podía interactuar, eso la divertía. ¡Era tan hermoso vivir! Cuando regaba las rosas todo era perfecto, el aroma la hacía transportarse a otra época, una en que era permitido alzar la voz para revelarse contra los verdugos que solo querían destruirla, le gustaba pensar que un día llegaría ese hombre que tanto añoraba con una rosa roja y que se la llevaría lejos, a un lugar donde podría ser feliz.
Pero el tiempo pasó rápido, sus hermanos crecían y ella seguía allí y con dieciocho años, faltando poco para terminar cuarto medio por lo que tenía muchos planes, siendo una excelente alumna... su sueño era intentar con diseño de vestuario. En las noches dibujaba vestidos de novia, era feliz haciéndolo, tal vez podría postular a una beca para poder estudiar sin pedir dinero a sus padres. Lo cierto es que los progenitores de Camila tenían las prioridades algo erradas, estaban muy entusiasmados planeando el cumpleaños de los mellizos y todo el dinero que habían ahorrado sería para la celebración de ese evento, sin importarles que la hija mayor necesitara medios para poder acceder a la carrera que sentía era su vocación, esto no molestaba a Camila, tenía un corazón noble, generoso y para sus adentros soñaba con ese hombre especial que la amara, le regalara flores, que con solo mirarla la trasladara al paraíso, y que sus padres aceptaran su amor… Entonces ella podría huir lejos de ese mundo sórdido que la encarcelaba y que tantas angustias le había provocado en su corta vida.
La vida en Villa Nueva Esperanza era tranquila, se puede decir que es una pequeña ciudad rodeada de montañas, con hermosos paisajes, calles de doble vía y una playa que regala mágicos atardeceres a quienes pueden disfrutar de tan maravilloso espectáculo. Tiene mucho movimiento, de aproximadamente veinticinco mil habitantes, cuatro colegios, tres liceos y una sede universitaria. Hay muchos lugares atractivos que llaman la atención de los turistas: cabañas con techumbres de tejuelas, en las que los viajantes disfrutan el placer de capear el frío, muy cerquita de las cocinas a leña que dejan salir el humo azul que se mezcla con el viento característico que habita en la ciudad y que desaparece durante los períodos de julio que cubre las calles, creando, a veces, estragos entre sus habitantes. Es aquí donde nació y creció Camila, en una casa sencilla de un piso y medio, sus padres y hermanos tenían sus propias habitaciones, ella dormía en el piso y medio donde se le acomodó una cama, un velador y una vieja cómoda en la que ordenó la poca ropa que tenía. Cuando era niña le daba miedo que su padre la encerrara allí, como solía hacerlo cada vez que se sentía enojado con ella, solo había una pequeña ventana, por donde en las tardes entraba el sol. Entendía que no podía disponer de una pieza sola en una casa con tres habitaciones y también accedió que su hermana menor quisiera disponer de un solo dormitorio. Aceptó quedarse en un espacio reducido en el que con el tiempo se sintió feliz, la soledad le permitía dibujar la belleza que se alojaba en su mente diseñando vestidos, trajes, abrigos para princesas y hadas. Nadie entraba a esa habitación, era fría oscura, quizá algo amenazante por las noches, por lo que siempre estaba sola. 10 11 Habría seguido como todos los días si no hubiese aparecido por el lugar un muchacho alto, de cabello negro, ojos café, amable y dulce, se llamaba Javier y estaba en la universidad, cursando cuarto año de arquitectura. Se sintió atraído por Camila y la observaba cuando ella se dirigía desde el liceo a su hogar. La miraba, pero no se atrevía a hablarle, pues la veía distante, indiferente… Pensaba como abordarla para no ser rechazado, no entendía la timidez que lo embargaba cuando la tenía al alcance de su mirada, pero desde que la vio por primera vez supo que la amaría para siempre. Pronto los amigos de Camila descubrieron al joven enamorado, ellos captaban su constante presencia y hacían bromas al respecto, pero la muchacha no se daba por aludida. ¿Por qué alguien se iba a fijar en ella? Eso era impensable, y si fuera real, su padre jamás lo permitiría. Las cosas en el hogar estaban bastante bien desde hacía algún tiempo y ella acataba todo lo que sus progenitores le decían, era mejor así, podía dibujar y soñar sin que la molestaran, solo debía preocuparse del aseo de la casa, preparar la cena los días de semana y el almuerzo los fines de semana, ya no tenía que encargarse de sus hermanos porque ellos eran adolescentes y no necesitaban de sus cuidados.
El gran anhelo de Camila, ahora que estaba por terminar la educación secundaria, era poder cumplir el sueño de entrar a la carrera de diseño, eso era lo que realmente le importaba. Ese día, Camila, luego de salir de clases, como siempre se fue caminando, nunca se iba en micro porque no había dinero para que gastara en eso, debía ir de a pie, eso le agradaba, pues le permitía relajarse y planificar en lo referente a sus diseños, pensar lo que dibujaría en la noche, antes de dormir, era en esos momentos cuando sentía que era realmente libre, aunque solo fuera por media hora. Iba cavilando, sumida en sus pensamientos, cuando alguien se detuvo frente a ella, era Javier, la joven no se había percatado de su presencia, y él estaba ahí, detenido frente a ella, pero su nerviosismo no lo dejaba hablar, por fin, después de unos instantes, brotaron algunas palabras de su boca:
—Hola —dijo tartamudeando— me llamo Javier.
Camila siguió caminando algo asustada, haciendo caso omiso de la presentación del muchacho. Nunca se había visto asediada por los pocos jóvenes que conocía, o tal vez ella no se había dado cuenta si hubo algún interesado en su persona. Siguió el rumbo acostumbrado y a su lado Javier no cejaba en su empeño de interactuar con ella, y aun cuando no hablaba, su presencia la incomodaba. Camila se detuvo de pronto lo miró a los ojos y le expresó:
—¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Quién eres? ¿Estás vendiendo algo? Te advierto… lo que sea,… ¡No me interesa!
Él sonrió, la miró, y con esfuerzo repitió:
—Me llamo Javier, y no soy un vendedor, soy estudiante de arquitectura… bueno… hace ya algún tiempo que te vengo observando y me agradas… me gustaría conocerte mejor. ¿Qué tal si me acompañas a tomar un helado?
Al terminar de hablar su cara estaba roja, pero Camila no creyó en la sinceridad del muchacho, pensó incluso que todo esto pudo ser fraguado por sus hermanos para gastarle una broma y siguió caminando muy seria, Javier no se amilanó y siguió a su lado tratando de convencerla.
—Deseo que entiendas que en mí no hay ninguna mala intención, acepta mi invitación a ese helado que nos permitirá conocernos, ah… te aclaro, no me voy rendir tan fácilmente, te advierto además que soy muy tozudo, por último, permite que te acompañe hasta tu casa. ¿Sabes? puedo hablar con tus padres... ¿De acuerdo?
Para Camila la sola mención de su padre le provocaba terror, temía a sus golpizas, a su furia desenfrenada, a esos angustiosos encierros que la dejaban sin fuerzas y debilitada, temía a los lugares cerrados, se angustiaba, su corazón 12 13 se aceleraba y luego seguía la inconsciencia, el desmayo. Hacía cerca de un año que él no la agredía, no quería que volviera a suceder. Por un momento se sintió conmovida, por la insistencia del estudiante, pero siguió su camino y pensó para sus adentros que le habría gustado acompañarlo, pero no quería correr ningún riesgo que la enfrentara a su padre. Javier era una persona obstinada, y poco a poco se acercó a los hermanos de Camila y con algunos engañitos, que eran del agrado de los mellizos, logró introducirse en el hogar familiar. No le fue difícil darse cuenta del carácter de Manuel, padre de la muchacha, materialista e interesado y como Javier era muy inteligente, supo muy bien cómo lograr llegar al progenitor de la chica que tanto le agradaba. Se mostraba atento, generoso, divertido, preocupado por ellos. No hizo falta mucho tiempo para que el hombre rudo y castigador lo considerara el yerno ideal, al punto de llegar a considerarlo como un gran amigo. Camila por su parte había empezado a sentir una atracción por él y le era difícil disimularlo, sentía su mirada penetrante cuando estaba cerca y no podía evitar que el rubor invadiera su cara. Javier había conquistado a la familia y decidió que ya era tiempo de actuar. Se dio cuenta de cómo era tratada la muchacha en casa y sintió gran compasión por ella, esto le facilitó mucho las cosas, ya que una persona que era tan poco valorada por sus padres y hermanos sería feliz junto a alguien que la amara, él sabía que su amor era real, sólo quería estar cerca de ella, sentir su presencia, su aroma a mujer frágil, inocente, dulce y sumisa. La veía tan hogareña, con pocos amigos, eficiente, responsable, única, que no dudaba que era el gran amor de su vida. Había tomado por costumbre ir a buscarla al liceo, conversaban, se reían, se miraban, los ojos hablaban, ellos se amaban sin palabras, lo sabían ambos y a veces un roce de manos los volvía vulnerables y enamorados. Había sido besada por primera vez detrás de un árbol gigante que había en el camino a su casa, fue emocionante para ambos. Desde ese momento sintieron que había un lazo, un nudo que cada día se hacía más resistente y firme. Sentía que era correspondido y eso le dio valor para hablar con los que serían sus futuros suegros. Ellos estuvieron de acuerdo y le dieron su apoyo para que pudieran salir y conversar.
Esa tarde de domingo, ella estaba como siempre lavando la loza para después estudiar para los últimos exámenes de ese año, fue entonces cuando su padre ingresó a la cocina, se le veía cariñoso y contento, a Camila le pareció raro el cambio de su papá, el hombre tosco, mal genio, intolerante, ahora era amable y sonriente, diferente, eso le provocaba miedo.
—Hija tenemos que hablar.
Se intranquilizó, su padre solo le hablaba para gritarle que dejara de dibujar, para amenazar con quemarle los dibujos, para exigirle que limpiara la casa, pero cuando le pidió que se sentaran a conversar, pensó que algo andaba muy mal.
—¿Qué pasa papá?
Le costó hacer esa pregunta, con él siempre era difícil hablar, ella no quería decir nada más, por temor a que cambiara su estado de ánimo, lo mejor era quedarse callada y escucharlo atentamente, quizá, luego, su mamá le aclararía bien las cosas, como solía pasar.
—Javier ha venido a hablar con tu madre y conmigo.
Ella sintió un nudo en el estómago, qué podría haberles dicho, quizá que la iba a buscar a la escuela siempre que podía para acompañarla a casa, o que los habían descubierto cuando lo del beso, eso sería terrible, pues nunca le permitieron que fuera acompañada por un amigo, sin embargo, su padre seguía imperturbable.
—Ya sé que ustedes son amigos desde hace un tiempo ¿Por qué no nos habías contado nada?
Esa pregunta llegaba a ser ridícula, ella no podía decir que algún compañero debía hacer una tarea con ella sin armar un tremendo lío. ¿Cómo les iba a contar que había un chico mayor que la estaba acompañando a casa, que la invitaba a tomar helado de camino y que le había robado el corazón? Él era su escape para olvidar que vivía en un hogar que era lo más parecido a una cárcel.
—¿No me vas a decir nada hija?
No era capaz de hablar, podía cometer algún error, decir algo que no iba a gustar a su padre y entonces quizá qué podría pasar, pudiera ser que la castigara y la dejara encerrada en su dormitorio, temblando de miedo, era lo que siempre pasaba cuando estaba sola en una habitación cerrada o un ascensor, se sentía atrapada. Los profesores que la conocían y sus compañeros le decían que era claustrofóbica, pero nunca había sido diagnosticada, por lo tanto ella no tenía ninguna seguridad al respecto.
—Bueno, acepto que no me digas nada. Como te habrás dado cuenta este joven es muy agradable, además muy pronto será arquitecto, a él le gustas mucho, me lo confesó, me pidió permiso para salir contigo y a tu madre y a mí nos parece muy bien, así que arréglate porque la verdad es que te ves bastante disminuida, Javier vendrá a buscarte para ir al cine. Camila observó a su padre sin dar crédito a lo que estaba escuchando.
—Vamos niña haz lo que te digo, si no quieres que tu hermana te lo arrebate, ella es muy hermosa y no le sería difícil la conquista, él es un muy buen partido.
La sola mención de su hermana Nataly hizo que se le erizara la piel. Lo mejor era hacer lo que le estaba pidiendo su padre y salir corriendo de allí, podría arrepentirse, o pudiese ser que apareciera su hermana con esa coquetería tan evidente y… lo conquistara. Lo primero que hizo fue ducharse rápidamente, secarse su largo cabello, y como tenida, un jeans, una blusa de mezclilla sin mangas, zapatillas y una pequeña cartera en la que puso su billetera con el dinero que había ganado impartiendo unas clases de biología en el colegio, completaron su atuendo, un toque de perfume, regalo de cumpleaños de su mejor amiga, y algo de labial, la hicieron sentirse bien.
Cuando Javier llegó por ella, la contempló diferente, así arreglada, la vio más atractiva y la idea de llevarla a su lado le resultó grata. Desde ese día empezaron a salir con permiso y la vida de Camila se convirtió en algo más llevadero, era feliz cuando lo veía aparecer, su ternura y delicadeza, la tenían atrapada, el príncipe encantado era real y la amaba, pero sentía dentro de sí un pequeño escozor, a sus amigos no les agradaba Javier, decían que no la dejaba ser. El, poco a poco la fue convenciendo que no debía estar cerca de sus compañeros y que lo que tanto le gustaba hacer: cantar… debía dejarlo de lado. Ella acataba, porque sentía que estando junto a él todo era mejor, esas pequeñas renuncias no tenían ninguna importancia.
Cuando por fin se licenció de cuarto medio y dio la PSU estaba muy esperanzada en obtener buen puntaje para poder estudiar diseño de vestuario con una beca, así se iría a la universidad de Concepción y realizar su mayor sueño, tenía todo planeado, trabajaría para pagar sus estudios, pero aunque obtuvo más de setecientos puntos su ilusión de estudiar no se pudo concretar. Su padre lo dejó muy claro cuando dijo:
—Hija sabemos que lograste un excelente puntaje y te felicitamos por ello, pero no vas a poder estudiar tan lejos, la beca a la que pretendes optar no cubrirá gastos de pasajes, ni el alojamiento y nosotros no podemos cubrir eso. Debes esperar un año más. Tus hermanos están de cumpleaños en enero y tenemos todos nuestros ahorros destinados a eso, ellos cumplen quince años y están muy ilusionados, espero que comprendas, si bien a ti no te pudimos celebrar en su momento, piensa que tus hermanos cuentan con nosotros ahora.
Esa fue la conversación más larga que tuvo con su padre hasta ese momento de su vida. Lloró toda la noche, necesitaba escapar lejos, vivir una vida diferente, salir de ese lugar lo antes posible, pero cuando se calmaba y miraba a su alrededor se daba cuenta que no tenía a quien acudir, no tenía amigos con solvencia económica, no disponía de medios para independizarse y ahora su padre, con esa brutalidad que lo caracterizaba, le había dicho que tendría que buscar trabajo, y lo más terrible es que lo haría para sus hermanos, había sido muy claro cuando le lanzó a la cara esas terribles palabras: “Si tú no puedes estudiar no pretenderás que tus hermanos no accedan a una carrera universitaria, así que prepárate para trabajar duro, a mí no me alcanza para mantener a los tres”. Nuevamente marginada, sus sueños atrapados, su pena pugnando por lanzar un grito de auxilio, pero acalló su dolor y su rostro siguió imperturbable. El año siguiente, Javier egresaría, terminaría su carrera y su proyecto personal más acariciado era formar un hogar con Camila. Él había puesto a sus padres, al tanto del trato que recibía su polola en el hogar. Ellos estaban impacientes por conocer a la muchacha que había atrapado el corazón de su hijo, convirtiéndolo en un ser más dócil y pasivo, así pues organizaron una comida para que les fuera presentada junto a su familia. En esa casa se respiraba tranquilidad, se sintió feliz. La cena fue serena y los dueños de casa compartieron de manera tal, que entablaron una conversación amena y fluida con los invitados. Camila conoció la otra cara de lo que era un verdadero hogar, en la casa de Javier había calor humano, alegría, diálogos, bromas, ternura. La joven se sintió desde entonces acogida y comprendida. Pronto se habituó a visitarlos y luego se sintió parte de la familia, allí ella era feliz, ayudaba en los quehaceres de casa, no por obligación, sino porque le agradaba hacerlo. Ahora sonreía con facilidad, se sentía segura y en calma. Habían pasado varios meses, y un día en que se sentían íntimamente unidos, observando el atardecer, Javier la atrajo hacia él, la besó tiernamente y la sorprendió cuando le preguntó:
—Camila, desde que te vi por primera vez supe que estaba ante la mujer de mis sueños, falta muy poco para que termine mi carrera, mi familia, al igual que yo, te adora... ¿Quieres casarte conmigo? El primer tiempo viviríamos en casa de mis padres, ellos están de acuerdo, pues les conversé sobre mis intenciones.
Camila se quedó muda, amaba a ese hombre maravilloso que era dueño de ella porque se había ganado su corazón, sentía ganas de llorar, de gritar su felicidad a los cuatro vientos, ahora quedaría atrás esa etapa triste y desoladora en la cual quedarían sepultadas una infancia y adolescencia donde solo supo de dolores y humillación.
—Te prometo que cuando termine mis estudios y empiece a trabajar podrás estudiar esa carrera que es tu sueño, además si aceptas podrás trabajar en lo que quieras y nadie va a controlar tu dinero ni las horas de llegada, prometo que te haré feliz, que jamás te haré daño, por favor piénsalo... ¡Por favor!
Javier hablaba atropelladamente, era como si temiera que las palabras dejaran de salir de su boca. Camila lo amaba y lo único que hizo fue lanzarse en sus brazos y decirle:
—Sí, sí, por supuesto que me caso contigo, te amo tanto que no concibo la vida sin ti.
No había mucho que pensar, la vida le estaba regalando la oportunidad de abandonar la intranquilidad, el desamor y la incomprensión de su familia, Javier la iba a ayudar para que estudiara, cumpliría su sueño, solo debía esperar un poco más, por fin iba a ser libre, pero lo más importante era que amaba y era amada. Ambos quedaron unidos en un estrecho abrazo, estaban emocionados y un apasionado beso selló el compromiso. Cuando abordaron la decisión ante los padres de Camila, ellos aceptaron de inmediato, una menos les haría más fácil todo en casa.
Un día de primavera, acompañados por la familia, concurrieron al registro civil, se veían felices y en casa de Javier celebraron con un exquisito almuerzo y la infaltable torta de novios. No habría matrimonio eclesiástico, pero Camila no deseaba nada más. Estar con el ser amado y poder salir de su casa era lo mejor que le estaba pasando. Ahora le esperaba una nueva vida, el tiempo pasa rápido y pronto podría ir a la universidad, a sus pocos amigos dejó de verlos, varios de ellos se habían ido del pueblo buscando nuevos horizontes, ella se quedaba, pero no estaba sola, en esa casa se sentía comprendida, querida, bien tratada, ahora reía con facilidad, bromeaba, podía opinar. Durante la mañana trabajaba en una tienda de ropa y en las tarde se dedicaba a preparar todo para que su marido estuviera contento, él era muy cariñoso con ella, los fines de semana disfrutaban de largas caminatas, sonriendo y tomados de la mano, salían a comer y todo para ellos era felicidad. Camila se sentía apoyada y protegida. Pero un malestar empezó a germinar en la mente de Camila, algo no andaba bien, aunque quería estudiar diseño, y luego de casi un año de matrimonio no se embarazaba, no usaban métodos anticonceptivos, por lo tanto, debía haber algún problema, Javier le prometía ver un ginecólogo para un estudio, pero le decía que aún era muy pronto y debían continuar con sus vidas, ya habría tiempo para eso. Camila, por razones de trabajo, tubo que viajar con su jefa para entregar unas prendas de vestir a una asistente social que vivía en Santiago, como ella nunca había viajado a otro lugar esto le parecía una aventura, su padre no estaba de acuerdo, pero él ya no podía decir nada, a Javier no le pareció mal, solo irían por dos días y a su mujer le iba a servir para salir y despejarse, así que estarían en contacto todo el tiempo porque se extrañaban. En este viaje no solo pudo conocer otros lugares sino también otras personas y entre ellas a una pequeñita llamada Silvana, ella era parte de un hogar donde trabajaba la asistente social a la que ellas visitaban, las ropas que llevaban eran una muestra de lo que se estaba pidiendo para unos niños que permanecían allí. Conocer a Silvana fue el regalo más grande para Camila, pues la niña se dio de inmediato con ella, todos allí notaron la relación que se forjó al conocerse, pues la pequeñita casi no hablaba y jamás reía, sin embargo, con Camila fue una parlanchina y no paró de reír todo el tiempo, conocerse para ambas fue un regalo de Dios.
Cuando Camila regresó a casa lo primero que hizo fue contarle de la niña a su marido, él en un principio fue reacio a hablar de ella, pues notó tan entusiasmada a su mujer con la pequeña que eso lo asustó, pero aceptó que fueran a visitarla, porque Camila se lo había prometido, ella iba a regresar. Para Javier conocer a Silvana también fue un regalo, ya que la quiso de inmediato, solo le bastó mirarla a los ojos para ver el reflejo de su alma inocente y solitaria, le llevaron regalos y jugaron los tres. Los trabajadores del lugar los vieron muy unidos, pensaron que ellos iban en pos de la adopción y fue así como uno de ellos se acercó a Javier para felicitarlo por la iniciativa, Camila solo escuchó.
—Lo felicito señor, usted no imagina cuantos niños llegan acá cada año para ser adoptados, pero cuando ya son algo más grandes nadie los quiere, Silvanita llegó al hogar con un mes de vida, ha crecido entre nosotros, es muy tímida y calladita, pero con ustedes parece otra niñita.
—¿Es muy complicado adoptar? —preguntó Javier —La asistente social le puede informar al respecto, pero yo creo que lo más importante es el amor que se les pueda entregar. Ellos necesitan cariño y respeto.
—¿Qué pasa con los niños que nadie adopta? —Bueno, ellos pasan la niñez y la adolescencia en una dolorosa y anhelada espera, pasan los años en este lugar hasta que cumplan dieciocho años, entonces deben partir, como el proceso de adopción no es fácil, muchas personas se dan por vencidas en el camino, mire lo que usted debe hacer es hablar con la asistente social, ella le dirá si Silvanita está entre los niños que pueden ser adoptados, de verdad si usted con su señora la adoptan serán bendecidos, porque esa niñita en particular necesita mucho de una familia.
—¿Por qué lo dice? —Sus padres murieron y sus abuelos no quisieron hacerse cargo de la pequeña y la trajeron a este lugar. Ella es muy tímida y callada, pero cuando está junto a su esposa todo cambia, se la ve feliz, contenta, querida.
Javier lo escuchaba en silencio, sin dejar de mirar a la niña, y sí, era cierto, había una gran afinidad entre ellas, ahora jugaban las dos en el pasto, desbordando alegría a raudales. Era un lindo espectáculo ver como disfrutaban ambas. Las despedidas se hacían difíciles, los ojos de Silvana se volvían acuosos, Camila sentía que dejaba ahí una parte de sí misma, su corazón se negaba a la partida, sentía que la estaba abandonando. Para Camila la niña no era una huérfana, la sentía como suya, la amaba como una madre ama a una hija y no entendía como nadie la había adoptado ¿Es que nadie descubrió la riqueza que escondía el alma de esa menor? El regreso a casa era silencioso, triste, porque ambos estaban completamente hechizados por esa pequeñita, pero Camila no podía hacer nada, ¿Cómo plantearle a su marido que la quería para ellos? Javier, por su parte, estaba sopesando la posibilidad de la adopción, pero no lo dijo para no ilusionar a su mujer, puesto que si no había un resultado positivo para ella sería muy doloroso. Sabía que sería un trámite difícil, pero trataría de agotar todos los medios ya que a él también le había robado el corazón. Así lo sentía. Pensaba ya en cómo compensarla por los años de soledad que había sufrido, juguetes, paseos, muñecas, muchas muñecas, cine, teatro, música, caminatas, mucho amor, en fin ofrecerle la vida que se merecía. Cada fin de semana partían para estar con ella y compartir esos momentos gratos que los hacía sentirse una familia completa. Le llevaban regalos y chocolates, la llegada era de abrazos y risas, pero la despedida era de lágrimas y tristeza, se estaban acostumbrando demasiado a ella, a su alegría y a su cariño. La niña aunque aún era muy pequeña sentía que su corazoncito latía con fuerzas cuando Javier y Camila aparecían, cada noche le pedía a Dios que los convirtiera en sus papás, es que ese era su mayor sueño, ser la hija de ellos, vivir juntos, cuando estaba sola no podía evitar llorar, las niñas más grandes la molestaban diciéndole que nadie la iba a adoptar porque siempre había preferencia por los bebés y ella no lo era. Esas palabras la hacían sufrir mucho.
—¿Qué te pasa Javier? ¿Por qué me miras así? —preguntó Camila, pues lo había sorprendido mirándola de una forma extraña en él.
—¿Cómo te estoy mirando? —le replicó él, sonriendo. —Te conozco muy bien y cuando me miras de esa manera es porque algo raro está pasando, es algo importante, no lo niegues, cuando me pediste matrimonio tenías esa mirada, cuando te contrataron en la empresa, fue igual. Habla por favor Javier quedó unos instantes en silencio y luego entre serio y conmovido, le dijo a Camila:
—Desde hace ya algún tiempo, hemos compartido con Silvana, ambos estamos prendados de ella y la sentimos como nuestra, ¿estarías de acuerdo en que iniciáramos los trámites para la adopción de la pequeña? ¿Te gustaría que adoptáramos a Silvana?
—¿Qué? La impresión que causó en ella la propuesta de su marido la dejó casi sin habla. —Lo que oíste, esa niñita me ha robado el corazón, ella podría ser nuestra primera hija, merece ser amada y… para eso estaremos nosotros.
Camila no podía dejarlo seguir hablando, lo que le estaba proponiendo era lo mejor que podría pasarle, ella también amaba a Silvana y la quería junto a ellos, sin pensarlo se lanzó a los brazos de su marido y lo miró como nunca antes lo había hecho, se sentía feliz, alegre, lo besó en los labios y él respondió a ese beso tierno lleno de emoción, la sintió dichosa y. enamorada. Esa noche fue especial para ellos, la pasión prendió en ellos con el ardor de una flama llameante, las caricias y los besos tenían sabor a felicidad, ahora podían hablar de un futuro en el que se convertirían en una verdadera familia, habría una hija que los uniría aún más, podían hablar de un futuro que se veía prometedor, empezarían por independizarse, Javier decidió que se mudarían a la casa que le habían entregado luego de haber firmado un suculento contrato en una prestigiosa empresa, esperaba que esto fuera el principio de una meta que lo llevaría a la cúspide, en lo relativo a su calidad como profesional, y pensando que ya no serían dos a disfrutar de su posible éxito, sino tres.
La familia sintió como rara la decisión de adoptar una niña y pensaron que uno de ellos sería estéril y no dudaron que la afectada era Camila, pero a ellos les fue indiferente la opinión de los demás, iban a adoptar a la pequeña, haciendo caso omiso de los comentarios y sabiendo de antemano que les esperaba un proceso largo y agotador. Los días pasaban lentos y la impaciencia crecía, pero aún debieron esperar mucho tiempo para que Silvana pudiera abandonar el hogar, lo primero fue la evaluación sicológica para conocer si estaba preparada para ser adoptada. La niña, que ya había creado lazos con Camila y Javier, se sintió feliz ante la posibilidad real de ser parte de una familia que la amaba y protegía, ella quería comenzar una nueva vida junto a esos papás que Dios le había enviado, Camila soñaba con poder llevarla pronto con ellos, le había decorado una habitación solo para ella, con cortinas rosadas, mariposas en la pared, una cama con un gran respaldo de madera, una caja de juguetes, su propio televisor y también muchos libros de cuentos. Javier cuando no podía visitarla en el Hogar, se informaba en constantes llamadas telefónicas. No entendía que habiendo tantos niños esperando ser adoptados, hubiese tanto trámite burocrático que sólo los hacía perder la paciencia en ocasiones y en otras sentirse inseguros y decepcionados. ¿Es que no eran ellos personas confiables y con capacidad para ofrecer una mejor vida a la pequeña Silvana? ¿Cuánto más habría de esperar?
Después de diez meses Javier recibió la noticia donde les informaban que habían sido aceptados como padres de Silvana, podían viajar por ella. Javier, emocionado y contento lo comento de inmediato con su colega y amigo Sebastián. Éste lo felicitó por haber logrado el objetivo y por la maravillosa obra, en que el amor, generosidad y constancia habían dado los frutos deseados, una hija que complementaría lo que esperaban fuese ahora un hogar perfecto. —Amigo, lo que debes hacer ahora es dirigirte a tu casa y darle la noticia a Camila, han esperado demasiado tiempo y ella merece disfrutar junto a ti de un anhelo tan largamente acariciado y que hoy se hace realidad, anda, ve y piensen en el próximo paso, ir al encuentro de vuestra hija. Camila recibió la noticia con júbilo, saltaba, daba vueltas, se reía, lloraba, todas las emociones se habían puesto de acuerdo para aflorar en ese momento. Estaba feliz, el día tan ansiado había llegado, así pues, después de recibir la noticia cogió su cartera, un regalo para Silvana, tomó a su marido del brazo y lo arrastró hacia la puerta de salida, él la miraba divertido y sonriente. Esta vez irían en su propio auto, ya no viajarían más en bus porque a Javier le estaba yendo bastante bien en su trabajo y podían permitirse pequeños lujos y ciertas comodidades. Silvana, al verlos llegar se aferró a ellos y su felicidad estalló cuando le informaron que ya no sería parte del Hogar. Las tías estaban felices, pero se advertía un cierto dejo de tristeza en ellas, la iban a extrañar, era tierna y dulce, pero sabían que lo único que la pequeñita deseaba era ser hija de esa linda pareja, Camila la abrazaba como si temiera que tanta dicha sólo fuera un sueño del que temía despertar.
—Silvana, mi pequeña, te irás con nosotros, formarás parte de nuestra vida, trataremos de ser los mejores padres para ti, no dudes de nuestro cariño… Javier dice que serás su princesa y que siempre te protegerá de todo.
La niña la miró directo a los ojos y le dijo sonriente:
—Gracias mamá.
Esa palabra hizo eco en el alma de Camila, era la primera vez que su instinto maternal se sentía pleno, no pudo evitar esas lágrimas que, un tanto imprudentes, mostraron la emoción que la embargó, jamás había sentido tanta felicidad, ya nunca más iba a estar sola, pues Silvana iba a ser su compañera, su amiga, su hija y ella a su vez trataría de ser su confidente, su apoyo, su protección y se prometió a sí misma que, aunque viniesen más hijos, ella jamás la iba a lastimar como ella había sido herida por sus padres. Cuando al fin Javier pudo participar de ese momento de felicidad, la tomó en sus brazos, le habló con la ternura de un padre, la niña le dijo papá y les agradeció a ambos por escogerla. La pequeña había estado de cumpleaños hacía muy poco y ese era el mejor regalo que le podían haber hecho.
—¿Qué es lo primero que quieres hacer Silvana? —preguntó Javier.
—Cualquier cosa, pero con ustedes dos —respondió la niña.
—Siempre nos tendrás a los dos princesita —dijo Javier.
—Pero debe haber algo que te gustaría hacer, dinos que es —insistió Camila.
La niña estaba confundida, eran tantas las cosas que deseaba hacer y conocer, pero no sabía por dónde empezar.
—Mira nos iremos a casa, tu mamá te preparó una linda habitación, además debes conocer a tus abuelos y tus tíos que te están esperando. Y te adelanto que este verano saldremos de vacaciones los tres a un hermoso lugar —expresó Javier.
—¿Y habrá piscina papá? —Claro que sí. ¿Tú sabes nadar? 26 27 —No papá, cómo voy a saber si acá en el hogar nunca vamos a la piscina, solo la vemos en la tele del comedor.
Javier la abrazó, miraba sus ojitos y pensaba en todas las carencias que había tenido hasta el momento y sintió su corazón rebosante de orgullo cuando se sintió llamar papá, era una emoción única y gratificante la que estaba viviendo. Había sido una tarde un tanto movida, las familias de ambos habían asistido a la casa en un acto de solidaridad y apoyo a la pareja, pero la curiosidad no había estado ausente. Habían pedido a la mamá de Javier que se encargara de preparar un coctel para cuando ellos estuvieran de vuelta. Todo había resultado muy bien y cuando se retiraron los invitados, Javier se dirigió a su hija:
—¿Sabes?, yo te voy a enseñar a nadar, la mamá no sabe, pero ahora contigo a nuestro lado, tal vez también quiera aprender, ¿Te parece?
Sin duda lo que más deseaba de pequeña Silvana, fue nadar. Su papá le enseñó a flotar primero y luego la llevó a clases de natación; siempre destacó en esa rama del deporte. Desde ese día se sintió feliz, porque contaba con el amor incondicional de sus padres que siempre la protegían como su más apreciado tesoro. Camila tuvo que enfrentarse por primera vez con su padre para decirle que ella jamás iba a permitir que él le levantara la mano a su hija y que nadie la tocaría nunca mientras ella estuviera viva.
—¡Pero no es tu hija! —respondió su progenitor.
—Silvana no nació de mí, pero el amor que le tengo es más grande que el amor de un verdadero padre para con su hija…
Se lo dijo mirándolo a los ojos, el mensaje iba dirigido a él.
—A ella jamás la voy a golpear ni la voy a encerrar porque no me tiene planchada la ropa, ni le voy a decir que no sirve para nada cuando no puso bien la mesa, ni se tendrá que levantar a las seis de la mañana a preparar el desayuno de sus hermanos, ya sabes papá a ella tú no la vas a tocar.
Por primera vez en la vida pudo enfrentar a su padre y las fuerzas se las dio su hija, esas palabras que le dijo eran duras y lo hicieron enojar tanto que otra vez intentó levantar la mano y propinarle una bofetada, pero esta vez entró Javier a la cocina donde se encontraban y le sostuvo el brazo para defender a su mujer.
—¿Qué está pasando acá? Camila ya no está sola, usted no le va a volver a pegar, qué se cree, aprenda a comportarse como un ser humano y no como un animal, no se lo voy a permitir. ¿Entendió?
LA OTRA CARA DE LA MONEDA.
Alex era un chico totalmente diferente a Camila, aunque tenían la misma edad, vivía con sus padres, tenía un hermano menor, de catorce años y una hermana de veinticuatro, estaba en su primer año de universidad, había escogido estudiar psicología, aunque también le atraía muchísimo educación física, sus papás eran estrictos con sus estudios, querían verlo convertido en un buen profesional y temían que su hijo rebelde se perdiera entre fiestas y borracheras, pues siempre había sido bueno para tener amigos, salir y gastar dinero, aunque sus padres también sabían que en el colegio siempre le iba bien. Él pololeaba con Valeria, una chica cuatro años menor, a quien conocía desde niño, se llevaban bien, pero él a veces se aburría porque en la universidad estaba conociendo un mundo diferente y eso le gustaba. Era siempre el centro de atención entre sus amigos y con quien todas las mujeres querían salir, jamás dejaba que nadie lo pasara a llevar, defendía sus derechos y los de los demás como fuera, no soportaba la violencia, especialmente en lo relativo a niños y mujeres.
Pasaba sus días entre la universidad, los amigos, Valeria y los trabajos de fines de semana, estaba en un grupo de jóvenes que modelaban diseños de mezclilla en eventos que su hermana mayor organizaba, ya que ella se había titulado de administradora de empresas y marketing, y no le había costado nada encontrar trabajo por las excelentes referencias de sus profesores e incluso, en ocasiones, había organizado eventos para Amanda Magallanes, una de las mejores diseñadoras de moda del país, mujer de trayectoria en el mundo del modelaje, pasaba gran parte de su tiempo en el extranjero, por lo que sus desfiles eran muy bien pagados, gracias a eso Alex podía financiar sus gastos extras, ya que sus padres solo podían aportar en todo lo concerniente a sus estudios, además era una forma de hacer de él un hombre responsable, y una forma de protegerlo del posible abuso de sus innumerables amigos.
—¿Hoy saldrás con Valeria?, preguntó su hermana.
—No, tengo que terminar un trabajo y no me queda tiempo, luego quiero salir andar en moto y tengo un campeonato de kickboxer. Imposible pensar en salir con ella.
—Ustedes, ¿Cómo es que no van a ninguna parte juntos?
—¿Por qué lo dices?
—Valeria es muy chica para ti, tiene otros intereses, no sé, pero creo que no van a durar mucho.
Su hermana tenía razón, la diferencia de edad era notoria entre ellos.
—¿Por qué andas con ella Alex?
—Porque es linda.
—Esa no es una respuesta muy madura que digamos.
—Tengo diecinueve años hermanita, qué esperabas.
—Esperaba que me dijeras que ella significaba todo en tu vida, que no puedes vivir sin ella, que lo que más te gusta es estar a su lado o algo así.
—Eso que dices parece sacado de una tarjeta o de una película, de mí nunca oirás algo como eso, yo veo la vida de otra manera.
—El día que encuentres una mujer que si te haga decir todas esas cosas, entenderás cual es la diferencia entre la diversión y el verdadero amor.
Alex sonrió, su hermana estaba diciendo cosas sin sentido, él estaba convencido que de su boca nunca una mujer iba a escuchar tan almibaradas palabras, de eso sí estaba seguro.
Susurros del Ayer, a través de dulces palabras, nos transporta a la infancia de cuatro mujeres, incluida Pabel Cheuquepán, haciendo un viaje íntimo y emotivo. Junto a sus compañeras del Taller de Creación Literaria, unidas por la pasión por la escritura, participaron activamente y bajo la guía su profesora, explorando los rincones más profundos de sus recuerdos. A través de dinámicas cuidadosamente diseñadas, construyeron relatos que les permitieron reencontrarse con su niñez, reviviendo momentos que creían olvidados.
Para Pabel Cheuquepán: "este libro es más que una simple recopilación de historias, es una aventura personal que me ha permitido regresar a mi infancia, tomando de nuevo la mano de mi padre y de mi abuelita, quienes ya no están en este mundo, pero permanecen vivos en mi corazón".
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