Al compás de tu recuerdo, es una de las historias que componen AMOR, PENAS Y TODAS ESAS COSAS, y quiero compartirla con ustedes.

Múltiples reminiscencias removían sus sentidos, mientras miraba a su alrededor, hacia tres años que no regresaba a esa playa, donde tantas veces corrió y sonrió junto a Mauricio, él, aunque físicamente ya no estaba a su lado, solía abrazarla a través de los recuerdos que Catalina guardaba en su corazón.

Cuando mencionó a su familia que regresaría a aquel lugar, creyeron que estaba enloqueciendo, no lograban entender porque necesitaba refugiarse en la cabaña donde su gran amor había partido.

Solía recordar lo que sucedió aquel verano, lo felices que fueron, todo era demasiado perfecto, sentían que el gran amor que los poseía sería el puntal que daría firmeza a sus vidas y el pedal para continuar juntos por el camino que habían escogido.

            Catalina al fin entró a la cabaña, respiró hondo, tratando de controlar sus emociones, había prometido no llorar, ser fuerte, enfrentar el pasado y al fin volver a darse la oportunidad de continuar viviendo, había alguien muy importante esperando que ella fuera capaz de regalarle una sonrisa. Encendió la luz, luego la chimenea, estaba sola, pero percibía la energía que Mauricio había dejado, dedicó parte de su tiempo en asear el espacio que ocuparía.

            Luego de tender la cama, sacó del auto su viejo teclado, desde la partida de Mauricio jamás volvió a usarlo, la confusión de sentimientos no la dejaron dormir, una parte de ella deseaba que él apareciera y la volviera a abrazar, pero a su vez, no sabía si sería capaz de enfrentar una situación así. Miró por la ventana, preguntándose qué estrella sería él, no pudo tocar una tecla del instrumento que permanecía silencioso frente a sus ojos. A las seis de la mañana el cansancio la venció y se durmió.

            La brisa salada llenó sus pulmones cuando abrió la ventana al amanecer. Las olas inquietas seguían allí, con su oscilación constante, la que más de una vez Mauricio comparó con el ritmo de su corazón al estar juntos. Catalina sintió un enjambre de nostalgia invadiendo su espacio, pero también una extraña paz, era como si el paisaje le recordara que, aunque todo cambia, hay cosas que siempre permanecen.

Al paso de los días su vacío comenzó a salpicarse de pequeñas huellas de la vida que disfrutaron allí, los tazones amarillos en los que desayunaban, continuaban guardados en la cocina, el cuadernillo con partituras que juntos escribieron para componer una canción de cuna, que no alcanzaron a terminar, estaba bajo la cama y muy cerca del teclado.

— Mauricio ¿Estás aquí? Por favor ayúdame a ser fuerte.

Solía repetir cada vez que tropezaba con un recuerdo.

Una noche, mientras hurgaba en una caja, encontró un trozo de papel con parte de la letra de la canción que juntos escribían.

—Mauricio, sé que quieres decirme algo, pero no soy capaz de adivinar lo que es. Quisiera que conocieras a tu hijo, se parece mucho a ti, si hubieses estado aquí habrían corrido juntos por la playa, te extraño demasiado, ya no sé qué hacer…

Se durmió y entonces lo volvió a ver, él tarareaba la canción, su voz era tan clara, sonreía mientras se les acercaba a ella y a su hijo, que lo llamaba “papá”, al fin estaban los tres juntos.

—Canta para él, como lo hacías para mí ¡Prométemelo!

Dijo Mauricio mientras acariciaba su cabello,

—Dile que lo amo y que siempre estaré para él, mi esencia estará en el aire que respire.

—Te extraño Mauricio, no sé cómo ser su mamá, te necesito junto a nosotros.

—También los extraño, pero siempre, óyeme bien, siempre estaré con ustedes, aunque no me vean, así que sonríele y cada vez que sientas que ya no puedes seguir, abrázalo como me abrazaba a mí.

Catalina despertó con sus ojos ahogados en lágrimas, se sentó frente al teclado, sus delgados dedos tiritaban mientras tocaban las primeras notas, lentamente la música llenó la habitación y su voz continúo aquella canción que en sueños Mauricio tarareaba, la nostalgia abrazaba los acordes, germinando una melodía invaluable, mientras continuaba en su ritual dejó escapar todas las lágrimas que había reprimido durante años. Luego tomó su teléfono enviando un mensaje a sus padres.

La mañana siguiente, Catalina caminó hasta la playa, encontrándose con unas jóvenes que se acercaron para preguntar de quién era la canción que se oía desde la cabaña.

—Es una melodía que escribí con mi novio.

—¿Dónde está él?

Apuntando el cielo respondió, sintió tristeza, pero a la vez calma, al ser capaz de hablar y aceptar lo que había sucedido aquel verano.

—Lo sentimos —Dijeron las muchachas, arrepentidas de haber preguntado.

—No se preocupen, Mauricio falleció hace tres años en la cabaña, sufrió un paro cardiaco…

—¿No te da miedo estar sola allí?

A lo lejos escucharon un grito:

—¡Mamá!

Catalina vio a su hijo correr hacia ella y respondió la pregunta —Ya no estoy sola—Luego fue al encuentro.

Un abrazo amoroso la unió al pequeño que le pidió que ya no se volviera a ir sin él.

—No volveré a hacerlo, lo prometo. Te amo hijo y tu papá también te ama mucho, él está en el cielo, es tu ángel de la guarda.

Comenzó a cantar para él y su voz iluminó el paisaje.

Disfrutó observándolo correr por la playa y sintiendo que Mauricio iba de su mano. El sentimiento de calma fue tan placentero, al fin encontró la paz que tanto buscaba.


 

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